5 Agosto , 2008

Nos vemos en Septiembre

Se acercan mis vacaciones y voy a pasar unas semanas sin poder ocuparme del blog (aunque espero volver con renovados ánimos después del verano). Así que me ha parecido una buena idea rescatar estas “conclusiones preliminares”, sobre qué cosas nos puede explicar la Psicología Evolucionista acerca de la Naturaleza Humana. Imagino que no todo el mundo estará de acuerdo y podremos hablar de ello después del verano.
Un abrazo a tod@s

1 ) La razón es un producto de la evolución. Somos animales y hemos evolucionado a partir de un antecesor probablemente parecido a los actuales chimpancés, pero evidentemente, somos muy distintos de las demás especies. El lenguaje, la cultura y la capacidad de razonar han cambiado (en buena parte) las reglas del juego de la Evolución. No obstante, estas características han surgido (probablemente) como adaptaciones a un ambiente dado y constituyen una parte esencial de nuestro fenotipo.

2 ) La conducta constituye un objeto de la Evolución. Todas las especies manifiestan conductas características, que son importantes para la supervivencia de los individuos. Estas conductas están determinadas genéticamente, aunque muchas veces también tienen que ser refinadas mediante aprendizaje. En muchas especies de animales se han identificado mutaciones que afectan a aspectos particulares del comportamiento. Es evidente que la conducta de los animales está sujeta a la variación y a la selección natural, de la misma forma que lo están las características anatómicas y fisiológicas.

3 ) El determinismo genético es un invento. Los genes no determinan el 100% del destino de los humanos y la influencia del ambiente siempre tiene una gran importancia. El hecho de que los genes tengan alguna influencia en la determinación de bastantes características (peso, propensión a enfermar, CI y varios aspectos de la personalidad) no excluye que la educación sea esencial para todos los individuos.

4 ) Todos los humanos somos genéticamente muy semejantes, por lo que no tiene sentido hablar de ‘razas’. La hipótesis, ampliamente aceptada, de la Eva Mitocondrial indica que todos los humanos actuales tenemos una antecesora común relativamente reciente. Además, numerosos estudios sobre la variabilidad humana indican que las diferencias entre las denominadas ‘razas’ se limitan a algunos caracteres superficiales, y son muy pequeñas comparadas con la variabilidad que encontramos dentro de cada población.

5 ) ‘Explicar’ no implica ‘justificar’. Que algo sea ‘natural’ no quiere decir que sea moralmente bueno. El estudio de la Naturaleza Humana no permite sacar conclusiones morales. Este es el pivote esencial de la Psicología Evolucionista.

6 ) Todas las culturas contienen elementos comunes. Esto nos indica que existe una Naturaleza Humana, la cual es maleable, pero no infinitamente maleable.

7 ) Existen diferencias innatas (pequeñas pero significativas) entre hombres y mujeres, particularmente en lo que atañe a los criterios de elección de pareja y otros aspectos de la reproducción. Esto no implica que un sexo sea mejor que otro ni que esté justificada la discriminación en modo alguno. Este hecho no debería ser un obstáculo para las revindicaciones feministas, sino una parte integral de las mismas.

8 ) Aunque la tendencia a la agresión debe tener componentes genéticos, su manifestación depende mucho de la herencia cultural. Las distintas sociedades (o grupos dentro de las sociedades) varían muchísimo en cuanto a la frecuencia de los comportamientos violentos, lo que indica que se trata de un carácter muy susceptible al condicionamiento. No obstante, se han identificado algunas características genéticas que pueden pre-disponer a algunos individuos hacia la agresión.

9 ) El lenguaje es un instinto. La facilidad con que los humanos aprenden a hablar cuando tienen aproximadamente dos años de edad sugiere que esta capacidad está pre-programada. Los estudios en Neurobiología y la Genética sugieren que existen circuitos cerebrales/genes especialmente implicados en esta tarea.

10 ) En todos los grupos humanos existe algún tipo de organización jerárquica, aunque ésta pueda ser muy laxa. La preocupación por el propio estatus constituye una de las motivaciones individuales más importantes, aunque este rasgo no esté exento de variabilidad entre individuos y, sobre todo, los factores que contribuyen al estatus personal varían enormemente en distintas sociedades.

11 ) El ‘altruísmo recíproco’, expresado como una tendencia a devolver los favores (y vengar las ofensas) tiene, posiblemente un origen evolutivo, y un asiento en las estructuras cerebrales. Este fenómeno parece estar en el núcleo de los códigos morales que han desarrollado las distintas sociedades.

12 ) Si desciframos la ‘lógica del titiritero’ estaremos en mejor posición para cambiar lo que no nos guste.

26 Julio , 2008

Díme dónde votas y te diré a quién votas

Las leyes electorales (al menos en España) prohíben cualquier tipo de propaganda política desde el día anterior a las elecciones propiamente dichas. Aunque entiendo la lógica de esta norma, siempre me había parecido un poco exagerada ¿Cómo es posible que alguien cambie su voto por el mero hecho de ver un cartel de camino al colegio electoral? ¿Hay alguien que se deje influir de tal modo?

Al parecer, ese es el caso, según un artículo reciente publicado en los Procceding of the Academy of Natural Sciences USA. Y la ley electoral aun se queda corta. Según los autores de dicho estudio, el lugar físico donde se realizan las votaciones tiene un efecto significativo sobre el voto. A este curioso fenómeno de han dado el nombre de “Contextual priming”, cuya traducción al español no es inmediata, pero sería algo así como “iniciación por contexto”, o -menos literal- influencia del contexto.

Los investigadores partían de la hipótesis de que, en efecto, existe este fenómeno. Pero ¿cómo podría afectarnos el entorno? Imaginemos que se ha convocado un referéndum para aprobar o no una ley que liberaliza el aborto. Sigamos imaginando que un ciudadano ha llegado a la conclusión de que está a favor de esta ley a pesar de sus creencias religiosas. pero sucede que el colegio electoral está situado en una iglesia. Cuando se dirige a depositar su voto, su mirada se cruza con una imagen de la Virgen María, que parece que le está mirando fijamente. Nuestro ciudadano no puede resistirlo y en el último momento cambia su voto.

La situación que eligieron los investigadores para contrastar su hipótesis es similar, aunque un poco menos radical. Se fijaron en unas elecciones en el estado de Arizona, en las que -al mismo tiempo- se hacía un referéndum con una propuesta de subir los impuestos locales (del 5.0 al 5.6%) para aumentar el presupuesto en educación. Los autores predecían que el hecho de votar en una escuela tendría una influencia favorable sobre esta pregunta, con respecto a los que votaban en otro tipo de dependencias.

Para poder asegurar que el entorno tiene influencia sobre el voto es necesario descartar que existan correlaciones que puedan inducir a error. Por ejemplo, es posible que en sectores más progresistas haya más apoyo para este tipo de iniciativas y, a la vez, mayor probabilidad de que se utilicen las escuelas como colegios electorales. Descartar este tipo de efectos siempre es bastante difícil, pero hay algunas técnicas estadísticas que permiten soslayar la cuestión. Si alguien quiere entrar en los detalles técnicos, el link al artículo está aquí.

Lo curioso es que ninguno de los votantes (posteriormente encuestados) pensaban que el lugar de la votación pudiera tener alguna influencia sobre el resultado. Volviendo al tema de las iglesias y el aborto, he visto en internet que existe una asociación (en USA) que propugna que no se utilicen las iglesias para realizar votaciones.

Como decía Ortega: “yo soy yo y mis circunstancias”.

21 Julio , 2008

Sexo en las aulas

Aprovechando que el calor reina en todo el Hemisferio norte, quiero desenterrar el tórrido tema de las “preferencias de apareamiento” en nuestra especie. Dicho en cristiano, qué es lo que nos hace encontrar sexualmente atractivas a determinadas personas. El tema es espinoso, además de tórrido, y me ha costado alguna que otra “bronca”, por decir que estas preferencias no son iguales en hombres y en mujeres. Naturalmente, no es que lo diga yo. Lo dicen muchísimas publicaciones (en revistas internaciones y con revisores) (más info aquí), lo que tampoco significa que haya que creerlas a pies juntillas, pero sí que habrá que leérselas para poder rebatirlas.

Los estudios han encontrado repetidas veces que los hombres valoran más la belleza física y la juventud en sus potenciales parejas que las mujeres. La parte de la juventud se explicaría, en términos evolutivos, en función de la rápida disminución del potencial reproductivo de las mujeres después de los treinta y tantos. La parte de la belleza física es un poco más misteriosa, ya que nuestros parientes cercanos no son tan escrupulosos. En general, un chimpancé macho se apareará con cualquier hembra en celo (si puede) y un gorila acogerá con gusto a cualquier hembra en su harén. La explicación de este hecho no está muy clara aun. Seguramente, implica que en las condiciones de relativa monogamia típicas de nuestra especie, la elección de pareja la realizan ambos sexos. Pero antes de entrar en posibles explicaciones, tendríamos que dar por sentado que el fenómeno (criterios de elección diferenciales) existe en realidad.

Dicho sea de paso, siempre he pensado que la fijación de los hombres con el “físico” es un pelín ridícula en estos tiempos (“Pasaré el resto de mi vida contigo por tu boquita de piñón” ??!!! ) independientemente de que tenga o no una base biológica.

¿De qué otras maneras podríamos investigar esta hipótesis (a parte de hacer encuestas)?

A Satoshi Kanazawa, un investigador de la prestigiosa London School of Economics, se le ocurrió una forma. Si la preferencia por mujeres jóvenes está profundamente grabada en la psique masculina –pensó Kanazawa- el contacto frecuente con mujeres jóvenes podría tener un efecto negativo en los hombres, en el sentido de percibir a su pareja como menos deseable. En un trabajo previo se había comprobado que si los hombres ojeaban un Playboy antes de contestar un cuestionario, declararon estar menos satisfechos con su pareja que los del grupo de control (a los cuales, imagino, les darían una revista de numismática o algo así). Si esto es lo que ocurre simplemente por echar un vistazo al Playboy, qué no pasará con la exposición cotidiana a mujeres jóvenes de carne y hueso.

La respuesta obvia, cuenta Kanawaza, era investigar una profesión donde se produjera tal contacto y ver si la frecuencia de divorcio era mayor que en otros trabajos. Y la profesión obvia número uno era el mundo del espectáculo. Demasiado obvia, pensó este investigador ¿quién va a financiar un estudio para averiguar si los actores de Hollywood se divorcian con mayor frecuencia que el resto de la población? La siguiente profesión –en obviedad- era la de profesor de universidad o bachillerato.

Kanazawa y sus colaboradores realizaron cerca de 33.000 entrevistas y, después de tener en cuenta numerosos factores que podrían inducirlos a error (edad, nivel de educación, nivel económico y otros conocidos por tener influencia sobre el estatus marital), llegaron a la conclusión de que, en efecto, los profesores tenían una probabilidad sustancialmente mayor que otras profesiones de divorciarse o de seguir solteros. Es importante decir que entre sus compañeras de profesión no se producía tal efecto (Es cierto que ha habido algunas historias aireadas por la prensa de profesoras que acaban teniendo un lío con un alumno, pero a pesar de las publicidad, son menos del 10%)

Según Kanawaza, los profesores no eran en absoluto conscientes de este fenómeno. Ninguno pensaba algo así como “Ahí está otra vez ese “bombón” de cuarto curso; evidentemente, mi “señora” no puede compararse con ella”. Y sin embargo, el contacto visual con el “bombón” de cuarto curso acaba produciendo la suficiente insatisfacción como para erosionar sus relaciones de pareja.

(el artículo en cuestión aquí)

No todo el mundo está de acuerdo. Algunos críticos han señalado que los profesores de dicho estudio tendrían que ser realmente estúpidos para preferir “sueños eróticos” a una pareja real. A lo que Kanawaza responde que el objetivo de su trabajo no era determinar si los hombres son, o no, estúpidos.

Evidentemente, se trata de un solo estudio. Ahora llega el momento de sacar el tópico ese de “… serán necesarias otras investigaciones para zanjar esta cuestión…”. Entretanto, y dado que el divorcio es económicamente gravoso, yo voy a pedir a mi universidad un plus de peligrosidad.

19 Julio , 2008

¿Nos cargamos a los neanderthales?

Es posible que la polémica siga coleando bastante tiempo, y seguro, seguro tal vez no lo sepamos nunca. Pero, la verdad, a mi me parece la hipótesis más probable.

Para empezar, está la cuestión de las fechas. Los neanderthales habían sobrevivido en Europa unos 500.000 años y se extinguieron poco después de la llegada de los humanos modernos, hace 45.000-30.000 años. Para seguir, nuestro historial como una especie belicosa es bastante notable. Los cazadores-recolectores que han sido estudiado son (o eran) bastante aficionados a organizar “raids” contra sus vecinos. Las tasas de homicidio que se han estimado para estas sociedades son mucho más altas que las de las sociedades modernas (armas de destrucción masiva incluidas). Puede decirse que nuestra especie tiene cierta tendencia a cargarse al vecino y esta última afirmación no debe tomarse como una justificación de la violencia, sino todo lo contrario. Es evidente que los humanos tenemos que “trabajar” mucho el tema de la no-violencia.

Dejando de lado el espinoso e incontrastable asunto de si aniquilamos físicamente a nuestros parientes, está la cuestión de si nos mezclamos genéticamente con ellos o no. Hasta ahora, toda la evidencia indica que no. El análisis del DNA mitocondrial nos dice que los humanos actuales no descendemos de los neanderthales y en mi opinión esta es una prueba incontrovertible. Si la mitocondria dice que no, es que no, digan lo que digan los paleontólogos. Admito que no se han estudiado todas y cada una de las mitocondrias actuales, pero entre las muchas analizadas no se ha encontrado ninguna compatible con la teoría “multi-regional” (según la cual, los humanos actuales procedemos de la evolución de poblaciones de  neanderthales en Europa y erectus en Asia; en oposición, la teoría “out of Africa” establece que los humanos modernos derivan de una población que evolucionó en Africa hace 200.000-100.000 años y posteriormente colonizó los otros continentes).

Es posible que algún día aparezca una mitocondria neanderthal en un humano actual. Bueno, entonces hablamos.

Un trabajo reciente, publicado en PLoS ONE (enlace aquí), le da otro palito a la teoría multi-regional. Lo que ha hecho el equipo dirigido por David Caramelli, de la Universidad de Florencia, es secuenciar DNA mitocondrial procedente de un hueso fósil de humano moderno (Cro-Magnon), datado en 28.000 años. El resultado dice claramente que la secuencia se parece muchísimo a la de los humanos actuales. No es la primera vez que se realiza un experimento similar (siempre con el mismo resultado). Invariablemente, los críticos dicen que no se puede excluir la contaminación con DNA de humanos modernos. Para contrarrestar esta objeción, sólo siete investigadores manipularon (con sumo cuidado) los restos; y se comprobó que la secuencia encontrada no se correspondía con las de estos investigadores.

Es verdad que resulta imposible excluir por completo la posibilidad de contaminación. Pero las pruebas siguen acumulándose. Para mí, no se trata tanto de estar completamente seguros, como de estar razonablemente seguros.

14 Julio , 2008

El verdugo de Skinner

Algunos días, cuando salgo del laboratorio, me voy a pasear por el mínimo y recoleto “Vilas Zoo”, situado al oeste de la ciudad de Madison, muy cerca del arboreto. Lo que más me gusta es quedarme observando a nuestros parientes cercanos (en este caso, un grupo de chimpancés y una pareja de orangutanes). Fue precisamente en este lugar donde el psicólogo Harry Harlow inició sus experimentos con crías de macaco, que acabarían destronando al “conductismo” como teoría psicológica imperante (en USA) y, en definitiva, cambiando algunas ideas importantes y generalmente aceptadas sobre cómo tratar a nuestras propias crías. Hoy damos por sentado que los niños necesitan el cariño de sus padres y familiares, pero hace menos de 100 años los expertos advertían que “un exceso de afecto” podía tener consecuencias desastrosas sobre el carácter de los niños. Harry Harlow fue un científico brillante (aunque sus experimentos no estaban exentos de crueldad) y contribuyó a cambiar esta idea.

La idea básica del conductismo era que la psicología debe ocuparse sólo de fenómenos observables, esto es la conducta, y excluir por completo ideas, emociones o la experiencia subjetiva. Esta escuela surgió, en parte, como reacción al ‘estructuralismo’, el cual concebía la Psicología como la ciencia de la ‘vida mental’ y empleaba como herramienta principal la ‘introspección’, o sea, la observación y análisis de la propia mente. Los conductistas consideraban que la introspección es totalmente inaceptable como método de investigación ‘serio’ y conminaban a los demás psicólogos a ‘romper con los conceptos trasnochados y comenzar una nueva vía’. Para John B. Watson, sin duda el fundador de esta escuela, la ‘consciencia’ era un concepto inútil e imposible de definir y constituía un mero sinónimo del término ‘alma’. Había que desterrar por completo la introspección y basar los estudios psicológicos exclusivamente en la evidencia experimental, de forma similar a lo que hacen los físicos y químicos.

En su formulación inicial, hay que conceder que este punto de vista no dejaba de tener algunas cosas a su favor. Es cierto que el estructuralismo representaba una escuela de pensamiento francamente ‘filosófica’ y que la introspección es una herramienta ‘imposible’ para hacer experimentos precisos y repetibles. Por otra parte, los conductistas moderados no negaban la realidad de la experiencia subjetiva, sólo mantenían que era imposible estudiarla científicamente. En cambio, los conductistas radicales iban bastante más lejos. Sin duda el miembro más destacado de los radicales, y en cierto modo su ‘cabecilla’ fue Burrhus Frederic Skinner, quien dominó por completo la Psicología americana hasta los años 60s. En palabras de Skinner; “la cuestión no es saber si los animales piensan, la cuestión es saber si el hombre lo hace”.

Para Skinner, cualquier conducta podía explicarse mediante los principios de ‘estímulo-respuesta’ y ‘condicionamiento operante’[1]. Según esto, creencias y deseos no tenían nada que ver con la conducta. Para Skinner, los animales (y también el humano) emiten una respuesta frente a un estímulo, bien porque previamente existía un reflejo condicionado, o bien porque la respuesta era recompensada en presencia del estímulo. Se pensaba que conductas complejas en humanos también podían explicarse por ese procedimiento. Por ejemplo, Skinner sostenía que un concepto nebuloso, como el de ‘peligro’ constituía una especie de ‘estímulo’, el cual producía una ‘respuesta’, por ejemplo, de huida. En realidad, se trata de una explicación bastante hueca, ya que la capacidad de responder a un conjunto complejo de señales, interpretadas como ‘peligro’, es el enigma que queremos resolver y no la solución al problema.

El programa experimental de los conductistas se basaba en colocar animales en cajas y ‘enseñarles’ a responder a ciertos estímulos, por ejemplo luces, sonidos o pequeñas descargas eléctricas, de modo que respondieran apretando botones o palancas o artefactos similares. Para ello se emplearon diversas especies de animales, frecuentemente ratas y palomas, por la facilidad de su cría. Los conductistas creían que el cerebro de los animales funciona de manera similar en todas las especies, por lo que resultaba irrelevante la elección de la misma. Por otra parte, nunca consideraron las observaciones de algunos críticos, sobre el hecho de emplear un ambiente sumamente artificial y simplificado. Una rata colocada en una ‘caja de Skinner’ podía, sin duda, aprender a asociar estímulos y acciones, pero ¿no era ese un repertorio muy limitado de las conductas normales en una rata?

Ahora nos parece evidente que el conductismo se salió de madre. Su dogmatismo resulta asombroso, teniendo en cuenta que nadie tenía explicaciones satisfactorias para las cuestiones que estaban investigando, por lo que resultaba elemental mantener una ‘mentalidad abierta’ al respecto. Más aun, Skinner y sus colegas estaban convencidos de la aplicabilidad de sus resultados a los humanos y, de hecho, sus teorías fueron muy influyentes en el sistema educativo de USA. El propio Skinner diseñó una ‘cuna’ artificial, que controlaba la temperatura y mecía al bebé a determinados intervalos. Incluso llegó a emplear esta cuna para criar a su propia hija, lo que contemplamos ahora con horror, aun reconociendo la coherencia interna del personaje. Watson sugirió la idea de electrificar todos los objetos de la casa que no debieran tocar los niños, de manera que las descargas eléctricas (presumiblemente inocuas) enseñasen a los infantes qué cosas no debían ser tocadas. Los conductistas estaban convencidos de que la mayoría de los problemas sociales podían resolverse mediante un ‘condicionamiento’ adecuado, lo que Skinner llamaba ‘ingeniería de la conducta’. Dado que, en el fondo, el conductismo opinaba que los animales (incluido el humano) son meros autómatas, el control de la conducta mediante el ‘correcto entrenamiento’ se convertía en un objetivo central de la educación. Después de todo, los niños no se convertían en seres más libres si no se los condicionaba (ya que según ellos, no existe tal cosa); más bien, rechazar la idea del control de la conducta humana por ‘métodos científicos’ constituía una falta de responsabilidad y una amenaza para la sociedad, ya que los jóvenes acabarían siendo condicionados por ‘asociaciones’ estímulo-respuesta incorrectas y perniciosas. En definitiva, el conductismo poseía el dogmatismo y la retórica necesaria para haberse convertido en una pesadilla al estilo del Gran Hermano de Orwell. Hubo suerte y no sucedió así.

Otro ejemplo del posicionamiento de los conductistas en el tema educativo es la denominada ‘bravata de Watson’. Traduzco literalmente sus palabras. “Dadme 12 niños saludables y bien formados y permitidme que sean educados enteramente bajo mi influencia; garantizo que puedo entrenar a cualquiera de ellos para que se convierta en el tipo de ‘especialista’ que digamos: médico, abogado, artista, comerciante, incluso mendigo o ladrón, y todo ello con entera independencia de sus talentos, tendencias, habilidades, vocación u origen racial”. Por supuesto, se trata de una fanfarronada. Watson no tenía pruebas sólidas en que basar sus palabras. No sé ustedes, pero, en todo caso, yo no le habría confiado la educación de mis hijos. Por cierto, Watson fue un adolescente violento, un marido infiel y un padre dominante, y (posiblemente) tuvo mucho que ver en el suicidio de uno de sus hijos.

A la ‘caída’ del conductismo contribuyó de forma importante el trabajo de un joven investigador de la Universidad de Madison: Harry Harlow[2]. Harry había iniciado un experimento de cría artificial de macacos; los pequeños monos eran criados por ‘madres artificiales’, una especie de tosco muñeco de alambre cuya forma recordaba vagamente al de una hembra de macaco. No obstante, estas ‘madres’ tenían un dispositivo que proporcionaba comida a los pequeños, por lo que éstos no debían tardar en asociar a la ‘madre de alambre’ con la ‘comida’, o al menos esa era la predicción de los conductistas. No obstante, Harlow observó que los macacos criados en estas condiciones manifestaban ciertas carencias cuando llegaban adultos, en particular en su capacidad de interaccionar con sus congéneres. Tal vez, pensó Harlow, a los cachorros criados por las madres de alambre les faltaba algo. Esto le llevó a preguntarse qué factor era más importante para las crías de macacos criadas en cautividad, si el ‘tacto’ de la madre o el hecho de que proporcionase ‘comida’. Para contestar a esta pregunta colocó grupos de bebés macacos en jaulas al ‘cuidado’ de dos tipos de ‘madre’ artificial. La primera estaba hecha de alambre y tenía un dispositivo que alimentaba a la cría, como en el caso anterior; la segunda estaba forrada de tela, pero no ofrecía alimento alguno. Según la teoría conductista, la cuestión estaba clara: los jóvenes macacos no tardarían en ‘asociar’ a la madre de alambre con la comida y pronto la preferirían. Lo que ocurrió fue todo lo contrario: los monitos preferían a la madre de tela y hacían rápidas incursiones en la otra para beberse el biberón. La conclusión que parece inevitable es que no sólo de leche viven los pequeños monos y que el mínimo ‘calor’ que proporcionaba la madre de tela resultaba muy preferible. En definitiva, el cerebro del macaco debe contener una noción ‘innata’ sobre cómo es una madre y el muñeco de tela se parecía más a ésta. Por el contrario, les resultó imposible ‘aprender’ a preferir a la madre de alambre, en flagrante oposición a las teorías conductistas.


[1] Skinner, B.F. Behavior of organisms” Appleton-Century-Crofts, New York. 1958

[2] Harlow, H.F. (1958) “The Nature of Love” American Psychologist, 13: 573-685

5 Julio , 2008

Serotonina y control de las emociones

La revista Science publicó, en su número del 27 de junio, este brevísimo e interesante artículo sobre los efectos de la serotonina en el archiconocido juego del ultimátum (1). Este último ha sido tratado varias veces en este blog, así que no me parece muy correcto volver a contarlo (más info sobre este juego: aquí y aquí ). La serotonina (esa pequeña molécula representada en la imagen) parece jugar un papel importante en diversos aspectos de la conducta humana y de otras especies sociales. Un elemento esencial para estos animales es la capacidad de inhibir la agresión hacia otros miembros del grupo, ya que pelear siempre tiene costes para los combatientes. Por supuesto, la serotonina tiene otras muchas funciones en el cerebro y en otras partes del organismo y su papel está muy lejos de ser simple. De modo, que pido disculpas por adelantado si alguien piensa que estoy tratando el tema de forma demasiado simplista.

A mediados de los años setenta, McGuire y Raleigh (2) comenzaron una fructífera línea de investigación sobre las relaciones entre dominancia y química cerebral. Estos investigadores demostraron que en una especie de macaco, los cambios en el nivel de serotonina estaban relacionados con cambios en el estatus del animal. En una serie de fascinantes experimentos, encontraron que si se separaba un animal de bajo rango y se le trataba con el fármaco Prozac, el cual eleva la serotonina, se observa que el animal tratado subía de rango al reintegrarse al grupo, en algunos casos hasta convertirse en el líder o macho alfa. Este resultado es particularmente interesante porque nos indica que una propiedad bioquímica del cerebro puede ser el resultado de la interacción con el ambiente y, al mismo tiempo, la modificación de esta propiedad por métodos farmacológicos puede cambiar el tipo de interacción entre un individuo y el resto. Ambiente y cerebro son una carretera de doble vía.

En estos experimentos, los macacos dominantes mostraban una conducta ‘mesurada’ y ‘auto-controlada’; en cambio, los individuos subordinadas tendían a sobresaltarse y su conducta parecía estar gobernada por estímulos externos, más que internos. En estos individuos, se observó una conducta impulsiva e incluso una tendencia a la agresión compulsiva contra otros individuos. Los etólogos interpretan que en individuos de bajo rango, los bajos niveles de serotonina resultan beneficiosos ya que inhiben su actividad motora, permitiéndoles ahorrar energía y evitar confrontaciones con individuos de alto rango. La conducta impulsiva observada en estos individuos resulta, a primera vista, paradójica; sin embargo, la relación entre baja serotonina y conducta agresiva e impulsiva ha sido demostrada en muchas especies. Es posible que esta tendencia impulsiva en individuos de bajo rango también tenga un valor adaptativo. Recordemos que encontrarse al fondo de la escala de dominancia es una situación bastante mala desde el punto de vista reproductivo. Cabe pensar que un individuo que se encuentre en esta situación se enfrente a la ‘muerte darwiniana’, esto es a no dejar descendientes. En esas circunstancias, una conducta impetuosa, como arrebatar la comida a un individuo de mayor rango, puede resultar beneficiosa. No olvidemos que la incapacidad crónica para controlar la agresividad puede determinar que un individuo pierda su integración en el grupo. En la mayoría de los casos, esto tiene un coste reproductivo para dicho individuo, pero si éste se encuentra cerca del ‘fondo’ de la escala su salida del grupo puede resultar indiferente, o incluso beneficiosa en términos reproductivos mediante estrategias sociales alternativas (tales como copulaciones clandestinas o la búsqueda de un nuevo grupo). A veces, una situación desesperada requiere una solución desesperada.

Los resultados del artículo de Science están en línea con la idea de que la serotonina ayuda a mantener el control de las emociones. En dicho estudio, los participantes voluntarios (en realidad, estudiantes universitarios que participaron en el experimento a cambio de créditos) jugaron varias rondas del juego del ultimátum mientras ingerían un fármaco que disminuía temporalmente el nivel de serotonina o, alternativamente, placebo. Después de realizar los controles pertinentes, los autores concluyeron que los participantes con menor serotonina reaccionaban de diferente forma frente a ofertas percibidas como “injustas” (alrededor del 30% de la puja) o “muy injustas” (por debajo del 20%). Precisamente, estos individuos tendían a rechazar estas ofertas con mayor frecuencia que el grupo de control (placebo). En este caso, la serotonina alta tenía el efecto de hacer a las personas menos impulsivas y con menor tendencia a convertir la emoción negativa asociada a una oferta injusta en una acción de rechazo, la cual –recordemos- tiene un coste para el individuo que la practica.

La Teoría Económica clásica predecía que los individuos deberían aceptar cualquier oferta, por pequeña que fuese, ya que algo es mejor que nada. Múltiples experimentos han demostrado que los individuos reales no se comportan así. Resulta curioso que el Homo economicus perfecto se parezca a un individuo atiborrado a Prozac.

1. Crockett, M.J. et al. (2008) “Setonin modulates behavioural reaction to unfairness” Science 320:1739

2. Raleigh, M.J. et al. (1991) “Setoninergic mechanisms promote dominance acquisition in adult male vervet monkeys” Brain Res. 559:181-190

30 Junio , 2008

Café para todos

¿Hay vida antes del café? En mi caso, la respuesta sería “no”, el problema es que ni siquiera estoy lo suficientemente consciente por las mañanas para hacerme esta pregunta. La cosa es que la mínima coordinación necesaria para preparar un café parece estar por encima de mis posibilidades. Necesitaría un café para hacerme un café.

El café siempre ha sido considerado como una especie de “vicio menor”. No es que sea un asunto serio, como puede llegar a serlo el alcohol, pero definitivamente un vicio. Es muy posible que conozca a alguien a quien “se lo haya prohibido el médico”. Pero ¿de verdad el café perjudica la salud? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo lo sabe el médico?

Afortunadamente, la Medicina moderna está basada (cada vez en mayor medida) en la evidencia disponible. Eso no quita que algún médico particular decida confiar más en su “instinto” que en la Epidemiología, aunque –personalmente- yo no confiaría en un médico que pensase así. Algunos médicos no llevan demasiado bien el perder su papel de “hechicero de la tribu”. Un proverbio chino dice: la información es cara, la opinión es gratis.

En cualquier caso, los adictos al café estamos de enhorabuena con el artículo que se ha publicado hace pocos días en la revista Annals of Internal Medicine y cuya autora principal es Esther López-García, de la Universidad Autónoma de Madrid. Si alguien quiere pedir una copia del artículo, su dirección es: Esther Lopez-Garcia, PhD, Department of Preventive Medicine and Public Health, School of Medicine, Universidad Autónoma de Madrid, Avenida Arzobispo Morcillo 4, 28029 Madrid, Spain; e-mail, esther.lopez@uam.es

Según este artículo, no hay ninguna evidencia de que el consumo de café tenga efectos perjudiciales, al menos en mujeres; y sí parece que hay un efecto beneficioso, en particular para la salud cardiovascular.

Esto puede sorprender un poco. Estudios publicados anteriormente encontraban una correlación entre el consumo de café y una menor esperanza de vida. El problema, al parecer, es que las personas que consumen más café tienden a fumar más, hacer menos ejercicio y, en general, a llevar un estilo de vida menos saludable. Pero cuando se tiene en cuenta el efecto de estos factores, las personas que consumían una o dos tazas al día tuvieron (en este estudio) una tasa de mortalidad un 25% menor. Una cifra nada despreciable.

El estudio ha sido realizado a lo largo de 20 años sobre una muestra de miles de voluntarios/as (la muestra de mujeres era mayor). No se encontraron diferencias significativas entre el consumo moderado (1-2 tazas) y niveles más altos. Tampoco aparecieron diferencias (o fueron muy pequeñas) entre el café descafeinado o el normal. Lo que sugiere que la cafeína no es responsable de los efectos beneficiosos (pero tampoco parece ser perjudicial).

Los efectos beneficiosos no se encontraron en el grupo de hombres, tal vez porque la muestra era menor.

El siguiente paso sería identificar qué sustancias del café son responsables del efecto beneficioso. El café contiene muchas sustancias, entre ellas varios fenoles. No es demasiado extraño que alguna de éstas pudiera tener efectos saludables.

No dudo de que las estadísticas estén bien hechas, pero se me ocurren dos “objeciones” (aunque leves y probablemente erróneas). La primera, es que si el café está asociado a un mayor consumo de tabaco y otros factores, esto podría no ser una correlación espúrea. Es posible que el café tenga un efecto beneficioso, pero “predisponga” al consumo de otras cosas no tan saludables. Siendo ex-fumador recuerdo perfectamente mi adicción al café-tabaco como un cóctel. Una cosa me llevaba a la otra. En este sentido, el café puede tener un efecto negativo si nos induce a fumar o a hacer menos ejercicio.

La otra cuestión es que tal vez el grupo que consume menos café también tenga en mayor medida otros efectos negativos no identificados. Reconozco que la navaja de Ockam va en contra de este argumento; pero es simplemente el reverso del argumento del que parten estos investigadores: la asociación anterior de café con mayor mortalidad se debe a “confounding effects”. Podría ocurrir lo mismo con la asociación observada aquí entre no-consumo de café y mayor mortalidad, sólo que estos factores no serían conocidos.

En cualquier caso, los datos parecen bastante sólidos para que podamos disfrutar de nuestro café sin sentirnos culpables. Si alguna vez su médico se lo prohíbe, pregúntele si se ha leído el artículo.

21 Junio , 2008

Sorprendentes Semejanzas

Abordemos otro tema polémico la posible base biológica de la orientación sexual. Este blog adopta el principio de que la homosexualidad es tan aceptable como la heterosexualidad y, tratándose de una cuestión de ‘principio’, esta afirmación no se ve afectada por el hecho de que la homosexualidad tenga o no una causa biológica. Dicho sea de paso, este fenómeno se da en todas las sociedades, aunque éstas varían mucho en su grado de tolerancia sobre el mismo. Se estima que aproximadamente un 2% de la población (hombres y mujeres) es homosexual.

Dicho esto, también creo que preguntarse por los mecanismos que determinan la orientación sexual es perfectamente lícito. Algunos científicos han recibido críticas por parte de organizaciones gays, aduciendo que estaban tratando de “medicalizar” la homosexualidad al buscar una explicación biológica.

Las teorías psicológicas de inspiración freudiana achacaban la homosexualidad masculina a fallos en la relación entre el niño y sus padres. Esencialmente a un padre ausente o emocionalmente distante (y que por tanto no constituye un modelo aceptable) o a una madre excesivamente cercana o dominante. Estas hipótesis continúan teniendo una gran aceptación popular a pesar de carecer de un apoyo empírico concluyente. Los estudios de gemelos y de adopción han sugerido que la influencia genética es considerable, estimándose la heredabilidad entre 0.3 y 0.7[1]. Otros investigadores[2] han encontrado que la homosexualidad masculina se hereda en mayor proporción por vía materna que paterna, lo que sugiere la posible existencia de genes ‘gay’ ligados al cromosoma X, ya que los varones heredan este cromosoma únicamente de sus madres.

El psicólogo Ray Blanchard[3] ha formulado una interesante teoría, relacionada con la anterior para explicar la homosexualidad masculina. Lo que ha encontrado este investigador es que los hombres ‘gays’ tienen por término medio más hermanos mayores (pero no hermanas mayores) que los hombres heterosexuales o las lesbianas. La explicación, según Blanchard, estriba en el útero. Existen genes que se expresan específicamente en fetos del sexo masculino y que podrían generar una reacción inmunológica en la madre. Por ejemplo, se ha encontrado un gen candidato que codifica una ‘proto-cadherina’, la cual está implicada en el desarrollo del cerebro en hombres. Así, la reacción inmunológica de la madre podría interferir con el desarrollo del ‘cerebro masculino’ es esta etapa clave. Por tanto, tener hermanos mayores podría aumentar la probabilidad de este fenómeno, ya que la madre habría estado generado anticuerpos por la exposición previa a un feto masculino. Esto concuerda con los ya mencionados genes asociados a la homosexualidad masculina que parecen heredarse solamente por el lado materno. En cualquier caso, esto no parece explicar el 100 % de los casos.

Aunque el fenómeno todavía está en su mayor parte por esclarecer, un artículo publicado esta semana en el PNAS (aquí el link) le añade unas paletadas de tierra a la tumba de la explicación freudiana a la homosexualidad. El trabajo en cuestión describe las Sorprendentes Semejanzas morfológicas que se han encontrado entre el cerebro de hombres heterosexuales-mujeres lesbianas y hombres homosexuales-mujeres heterosexuales, respectivamente. Los científicos han empleado dos técnicas no-invasivas para hacer este estudio, denominadas PET y MRI,

Los escáneres revelaron que los hombres heterosexuales y las lesbianas tienen cerebros asimétricos, estando el lado derecho significativamente más desarrollado que el izquierdo. En cambio, los escáneres de mujeres heterosexuales y hombres homosexuales resultaron ser simétricos. Dado que el hemisferio derecho suele asociarse con la habilidad para resolver problemas de tipo “espacial”, esto concordaría con la vieja observación de que los hombres puntúan más alto en en este tipo de problemas en los test de inteligencia. A su vez, un menor desarrollado del hemisferio izquierdo concordaría con una menor capacidad verbal.

Estos resultados parecen demostrar que la orientación sexual está “grabada en nuestros circuitos cerebrales”. Sin embargo, en mi humilde opinión, no es totalmente conclusiva (aunque evidentemente muchos datos apuntan a ello). La cosa es que las diferencias observadas en el cerebro podrían ser una consecuencia, y no causa, de la orientación sexual. Aunque esto puede parecer un poco raro, lo cierto es que cerebro y ambiente forman una vía de dos direcciones. El cerebro no sólo capta y procesa información del ambiente, sino que también se modifica a consecuencia de esta información. El siguiente paso seguramente consistirá en examinar los cerebros de recién nacidos y esperar unos años a que éstos manifiesten una orientación sexual. Sin duda, un trabajo que requiere una buena dosis de paciencia.

Aunque la cuestión no esté completamente zanjada, hay que decir que nadie duda de que la orientación sexual en otras especies tiene un origen biológico. Personalmente, me parecería muy raro que fuésemos la única especie de mamífero donde esta característica fuera resultado del aprendizaje.

Michelangello’s Caffe, Madison, Wi


[1] Bailey, J.M. and Pillard, C. (1991) “A genetic study of male sexual orientation” Arch. Gen. Psychiatry 48: 1089-1096

[2] Hamer, D.H. and Copeland, P. The Science of Desire” Simon and Shuster, New York. 1994

[3] Blanchard, R. and Ellis, L. (2001) “Birth weight, sexual orientation, and the sex of preceding siblings” Journal of Biosocial Science 33:451-467

15 Junio , 2008

Mind the Gap (crónicas desde UW-Madison)

El viernes 13 (un mal día para subirse a un avión) volví a Madison, después de una visita realmente intensa en la Universidad de Cornell (en la foto). El programa que me habían preparado no me dejó ningún tiempo muerto. Acabé agotado, aunque bastante contento con la positiva reacción ante el trabajo que estamos haciendo.


El artículo que quiero comentar apareció hace pocas semanas en Science y trata del controvertido tema de las diferencias de género y de las posibles explicaciones (biológicas/culturales) sobre éstas. Tratar este tema me ha costado más de un disgusto. Me parece importante recordar que la “filosofía fundacional” de este blog no es favorecer las explicaciones biológicas respecto a las de tipo cultural/social, sino tratar de examinar los datos y ver si podemos concluir algo o no (generalmente, no).

El artículo en cuestión (cuyo enlace incluyo aquí: mind_the_gap ) parte de lo que se ha llamado el “mathematical gap” (en adelante MG): el hecho de que los chicos tienden a tener mejores resultados en matemáticas que las chicas, y las posibles explicaciones a esto. En contraste, existe el “verbal gap” (en adelante VG): el hecho de que las chicas obtienen mejores puntuaciones en tareas relacionadas con el uso del lenguaje. Los autores se basan en los datos del famosísimo estudio PISA que compara resultados de escolares en un buen número de países.

El “mensaje” fundamental del artículo es que, si bien es cierto que el MG existe en algunos países, éste es mucho mayor en países con mayor grado de desigualdad entre géneros. Por ejemplo, en Turquía la diferencia en matemáticas es considerable (a favor de los chicos), mientras que en Islandia, ellos puntúan ligeramente por debajo que ellas. Los autores encuentran que existe una correlación matemática entre el “gap” y el grado de “desigualdad de género”, para el cual existen índices elaborados para los diferentes países.

En cambio, cuando los autores se fijan en el VG, las cosas son completamente diferentes. Las chicas tienen mejores puntuaciones en “comprensión de lectura” incluso en Turquía; cuando nos vamos a los países escandinavos, la diferencia a favor de éstas es astronómica. Los autores acaban concluyendo que el MG, atribuido (según los autores) a causas biológicas, se debe en realidad a condicionantes sociales.

Me gustaría hacer énfasis en que no tengo ninguna hostilidad a priori en contra del artículo y sus conclusiones, y que en el ambiente académico en el que vivo me he encontrado con tantas mujeres intelectualmente brillantes que no creo (honestamente) que tenga ningún problema con esto. Sin embargo, discrepo algo con las conclusiones del artículo.

En primer lugar, los resultados de exámenes, como es el caso de los datos del informe PISA, no parecen un buen material para hacer inferencias sobre las posibles causas de las diferencias de género que se observan. La razón es sencilla. Para sacar buenas notas, la capacidad intelectual es seguramente importante, pero en modo alguno es la única variable importante. Para ser buen estudiante hacen falta otras cosas, como motivación, disciplina y un cierto grado de “aceptación del sistema”. Todas estas cosas están (seguramente) condicionadas por factores sociales y biológicos. De aquí que se hayan empleado los resultados de los tests y no los resultados académicos en este tipo de estudios. Los tests no son perfectos, pero al menos los psicólogos llevan varias décadas esforzándose en encontrar “preguntas” que sean independientes del contexto cultural. No es demasiado sorprendente que un “mal estudiante” tenga una puntuación alta en un test. Pero es muy difícil aprobar un examen de –digamos- Historia sin haberse estudiado la lección.

Con todo, esto no elimina la principal conclusión del artículo. Que el MG desaparece cuando nos movemos desde países tradicionalmente poco igualitarios a otros más avanzados en este sentido. Sin embargo, lo que argumentaban los psicólogos evolucionistas no era que las mujeres fueran peor en matemáticas sino que el “talento matemático” es más frecuente en hombres que en mujeres (aunque bastante raro en ambos casos). El estudio PISA estaba dirigido a estudiar la población de estudiantes en general (no los matemáticamente superdotados), de modo que no puede decirnos mucho sobre este punto en particular. Más aun, los datos de los tests de inteligencia indican que los hombres son mejores –no en matemáticas en general- sino en determinadas tareas que requieren visión espacial. Curiosamente, el estudio PISA muestra que sigue existiendo una diferencia a favor de los chicos en geometría (incluso en países relativamente igualitarios).

Sin embargo, la situación respecto al VG es diferente. En primer lugar, una prueba de compresión en lectura se parece más a un test que a un examen, en cuanto a que no requiere estudiar previamente unos contenidos. En mi opinión, el hecho de el VG sea notable en Turquía y monumental en Islandia, sugiere que existe una diferencia biológica en este campo, a favor de las mujeres. Sugerir no es demostrar, pero este resultado concuerda con las superiores puntuaciones de las mujeres en las pruebas verbales de los tests. Aunque pudiera probarse que esta diferencia se debe a causas biológicas, eso no quiere decir que sea una consecuencia de la selección natural. Para probar esto necesitaríamos otro tipo de evidencia

Lo que sí nos dice el informe PISA (y otros estudios) es que el éxito académico de las mujeres tiende a ser mayor que el de los hombres cuando las condiciones sociales tienden a la igualdad de género. Esto posiblemente refleja que las chicas se adaptan mejor al sistema educativo vigente.



8 Junio , 2008

Recuerdos desde Madison

Escribo este post desde el “Genome Evolution Laboratory” de la Universidad de Wisconsin-Madison, que dirige mi (querida y admirada) colega, Nicole Perna. Debo pedir disculpas por el estado de relativo abandono de este blog (en el caso hipotético de que esto suponga un inconveniente para alguien). El problema no es, ciertamente, la falta de tiempo, sino más bien la falta de energía mental para escribir algo después de una agotadora jornada de trabajo enganchado al ordenador. En cualquier caso, un laboratorio de biología evolutiva parece un buen sitio para hablar de selección natural.

Un problema importante en la teoría evolutiva es que resulta muy difícil obtener evidencia experimental que apoye las hipótesis que se formulan. No me estoy refiriendo al hecho de la Evolución en sí, sino al mecanismo de evolución mediante variación y selección natural. La Evolución, como tal, es un hecho incontrovertible apoyado por una montaña de pruebas, por lo que no hace falta extenderse en esto. También existen abundantes pruebas de que la selección natural existe, de que opera de forma continua y de que es un factor esencial en la evolución. Lo que no es nada fácil es saber en qué grado opera este mecanismo ¿Realmente todos los caracteres que apreciamos en los seres vivos están optimizados por la selección natural? Esta pregunta ha originado una división entre los estudiosos de la evolución. Por un lado, algunos investigadores se han mantenido fieles a la premisa ‘seleccionista’ de que básicamente todos los caracteres están ‘optimizados’ por la selección natural. La otra escuela, denominada, ‘neutralista’, mantiene por el contrario que la mayoría de las mutaciones no afectan ni positiva ni negativamente a la supervivencia de los individuos; son por tanto mutaciones ‘neutrales’. Los neutralistas no niegan que la selección natural exista, solamente afirman que la acción de ésta tiene límites y que existe un margen considerable para la variación genética. En particular, los ‘neutralistas’ señalan que la ‘selección positiva’ de un gen debido a las características favorables que confiere a los individuos portadores, es un suceso raro. Hay que señalar que esta diferencia es en el fondo una cuestión ‘de matiz’ y no cuestiona básicamente las ideas de Darwin. Desgraciadamente, los medios de comunicación tienen cierta tendencia a exagerar las discrepancias de los científicos sobre este asunto; esto también tiene cierta lógica: si los científicos están dispuestos a ‘cortar cabezas’ por discrepancias sobre el grado de selección natural en las poblaciones, las personas ajenas a la polémica tienden a pensar que las discrepancias son realmente profundas. En todo caso, los biólogos evolutivos parecen haber superado esta polémica hace ya algunos años,

Con frecuencia se acusa a los darwinistas ortodoxos de que sus razonamientos son ‘circulares’: los individuos que han sobrevivido son las más supervivientes y, por ello, los mejor dotados para la supervivencia. Más que circularidad, lo que hay es una afirmación implícita, la de que la supervivencia y la reproducción no dependen nada de la suerte y todo de los genes del individuo ¿Es posible probar que determinadas características de los seres vivos son adaptaciones, esto es, son consecuencia directa de la selección natural? En general esto es bastante difícil; para lograrlo tendríamos que comparar las características en cuestión de la especie actual y de la antecesora, la cual normalmente ha desaparecido y de la cual quedarán, o no, restos fósiles. Por otra parte, tendríamos que transportarnos al pasado para poder estudiar in situ si se ha habido o no selección natural para las características que postulamos, lo cual obviamente es imposible. El trabajo del biólogo evolutivo se parece al de un detective, sólo que éste ha llegado millones de años tarde a la escena del crimen. No obstante, existen muchos casos de caracteres complejos, que han aparecido en una especie o grupo de especies determinado y cuya función e importancia para la supervivencia resulta tan evidente, que nadie duda de que se trata de adaptaciones. El problema radica en que existen otros muchos casos donde las cosas no están tan claras. Veamos un ejemplo.

Las orquídeas son una familia de plantas emparentadas con los lirios, y de la que existen miles de especies. La mayoría de estas plantas habita en regiones tropicales, pero hay unas cuantas especies en la región mediterránea. En la Península Ibérica son abundantes en la mayoría de las regiones y resulta fácil localizarlas en primavera. La característica más fascinante de estas plantas radica en el modo en que atraen a los insectos para facilitar su polinización. En general, la mayoría de las flores logra atraer insectos debido a la presencia de sustancias comestibles para éstos, como néctar o polen. La diferencia con las flores de orquídeas es que han evolucionado hasta adquirir una forma que recuerda a la hembra de determinadas especies, lo que estimula a los machos a acercarse a estas flores. La ‘trampa’ incluye también sustancias aromáticas que ‘recuerdan’ al olor de la hembra. El engañado insecto acude así dispuesto a aparearse e incluso realiza la llamada pseudo-copulación, que no es otra cosa que el vano intento del infortunado insecto por hacer lo que la Naturaleza le ‘ordena’. El resultado es que el macho queda cubierto con el polen de la orquídea y lo llevará hasta otra planta, en la siguiente ocasión en la que sea engañado por esta artera especie vegetal. Dado que la orquídea llega a ‘imitar’ el aspecto y el olor de sus especies de insectos polinizadores, y dada la importancia que tiene la dispersión del polen para el éxito reproductivo de las plantas, nadie duda que este mecanismo sea consecuencia de la selección natural.

Consideremos ahora un ejemplo menos claro. Una de las críticas más frecuentes a la teoría de la evolución se basa en que las proposiciones ‘seleccionistas’ son ‘indemostrables’ y, por tanto, basta con que alguien considere plausible el hecho de que un carácter haya sido seleccionado para dar por sentado que esto es precisamente lo que ha ocurrido ¿Por qué tienen rayas los tigres? Según el darwinismo ortodoxo, en algún momento apareció por casualidad un tigre rayado; este animal habría resultado un cazador más eficaz, ya que las rayas actúan como un camuflaje en el interior de la selva tropical. De aquí que ese tigre se reprodujera en mayor medida que otros animales sin rayas y pasara este carácter a la descendencia. Según los críticos del darwinismo, este tipo de explicaciones ‘ad hoc’ no tienen carácter probatorio.

Y tienen razón. Sin embargo la dificultad surge al tratar de sacar conclusiones precipitadas. En el caso del tigre, podemos pensar en principio que la pigmentación rayada represente una ventaja para el animal; eso nos llevaría a establecer una hipótesis. En primer lugar, tendríamos que estar seguros de que el carácter se hereda genéticamente (cosa que ocurre). Seguramente no existe un gen específico para las rayas del tigre, pero seguramente existen unos cuantos genes implicados en este carácter (los cuales, probablemente tienen también influencia sobre otros caracteres). En segundo lugar, tendríamos que fijarnos en la variabilidad que existe en la población. Si todos los tigres tienen el mismo rasgo, sin variación alguna, tendremos una razón adicional para suponer que la selección natural interviene. De no ser así, de vez en cuando aparecería un mutante diferente que tendría las mismas posibilidades de sobrevivir que los animales rayados. De nuevo, no podemos estar seguros. Es posible que la selección tenga lugar en un gen cercano y las rayas sean una consecuencia indirecta de la selección. Alternativamente, sigue siendo posible que el carácter no tenga una influencia significativa sobre la supervivencia o reproducción del animal y la razón por la que lo observamos en el 100% de los tigres es que todos ellos son descendientes de una pequeña población fundadora, que resultó ser rayada. Con todo, la ausencia de variabilidad de un carácter en una especie, habla a favor de que dicho carácter cumpla una función. Nuestro siguiente paso consistiría en examinar especies relacionadas que ocupen un hábitat diferente. Al hacerlo caeríamos en la cuenta de que el tigre de Siberia, una sub-especie que habita en la tundra, tiene unas rayas mucho más tenues, que dan la impresión de un pelaje claro y uniforme. El hecho de que el carácter varíe de forma congruente con la función supuesta, esto es, las rayas se desvanezcan cuando la supuesta ventaja desaparece, pueden interpretarse como otra prueba a favor de la hipótesis. De nuevo, no es definitiva. Podría ocurrir que el pelaje claro fuera objeto de selección en el tigre de Siberia y que el pelaje rayado no lo fuera en el tigre de Bengala. La prueba definitiva consistiría en identificar los genes implicados en la coloración del pelaje y tratar de deducir, mediante comparación con otros genes relacionados, en qué medida ha actuado la selección natural. De momento, la controversia sigue.

Puesto que las mutaciones se producen al azar (todo el mundo está más o menos de acuerdo en esto), el hecho de observar una distribución no aleatoria de las variaciones en la secuencia de un gen prueba que algunas mutaciones están siendo ‘eliminadas’. Ciertamente, hay que recorrer un largo camino para llegar a una conclusión de este tipo y en muchos casos, sencillamente, no tenemos datos que nos permitan hacerlo. Claramente, no todo el cambio genético se debe al efecto de la selección, pero en la medida que una especie está adaptada a un ambiente, la única forma razonable de explicar dicha adaptación es la selección natural.

A partir de la década de los setenta, el increíble desarrollo de la Ingeniería Genética ha permitido estudiar los genes de forma directa. Por primera vez en la Historia ha sido posible aislar un gen individual en un tubo de ensayo, analizar la secuencia de bases de su DNA y deducir la secuencia de aminoácidos de la proteína que codifica. Asimismo, los investigadores han podido comparar las secuencias de numerosos genes en diferentes especies. Incluso es posible en algunos casos estudiar la secuencia completa de todos los genes de una especie, es decir, su genoma completo, y compararlo con el de otras especies. En el momento de escribir este post se ha secuenciado (entre otros muchos) el genoma del humano, perro, chimpancé, orangután, caballo, ratón, arroz, la mosca Drosophila melanogaster, la levadura del pan, la crucífera Arabidopsis thaliana, el nematodo Caenobharditis elegans y un buen número de especies bacterianas. Si alguien tiene curiosidad sobre el número de genomas secuenciados puede consultarlo en este enlace: http://www.ensembl.genomics.org.cn/index.html . En las próximas décadas el número de genomas secuenciados seguramente va aumentar de forma muy considerable. Naturalmente, esto tiene que afectar muy profundamente al estudio de la evolución de los seres vivos. Si la evolución consiste en el cambio de los genes a través de las generaciones, la posibilidad de conocer de forma directa y completa el material genético nos abre una ventana al pasado remoto.

Los estudios moleculares han puesto de manifiesto que muchos cambios genéticos no tienen consecuencias sobre la capacidad de supervivencia de los individuos. En primer lugar, se ha visto que una buena porción del DNA no tiene como función codificar proteínas. Lo asombroso del caso es que este DNA no-codificante puede constituir la mayor parte del material genético de una especie, del orden del 90% o aun mayor ¿Cuál es la función de este DNA? No lo sabemos. Ni siquiera sabemos si tiene alguna función; es posible que no la tenga (aunque no es esta una cuestión que haya sido zanjada definitivamente) y de ahí que se le haya denominado DNA ‘basura’. La mayor parte de este DNA ‘basura’ puede sufrir mutaciones libremente sin que esto afecte a las características de los individuos.

En segundo lugar, dentro del DNA que sí codifica proteínas se pueden dar algunos cambios en la secuencia de bases que no dan lugar a cambios en los aminoácidos. Esto es consecuencia de la redundancia del código genético. Por ejemplo, los tripletes CTC, CTC, CTA y CTG codifican el aminoácido leucina, por lo tanto las mutaciones que se produzcan en la tercera base no tendrán consecuencias sobre la secuencia de la proteína. De hecho, muchas de las mutaciones en la tercera base tienen esta propiedad y se las denomina mutaciones ‘sinónimas’. En general, se acepta que las mutaciones sinónimas son neutrales (aunque hay alguna evidencia en contra de esto último, pero mejor hablar otro día de esto).

Incluso aquellas mutaciones que sí afectan a la secuencia de aminoácidos de la proteína pueden tener efectos muy diferentes sobre la función de la misma. Por ejemplo, el cambio de CTT por ATT hace que en la proteína correspondiente se produzca el cambio de una leucina por otro aminoácido muy similar, la isoleucina. En la mayoría de los casos, un cambio de este tipo no va a afectar gravemente a función. En general, las consecuencias de las mutaciones serán diferentes dependiendo de qué aminoácido cambie y en qué lugar concreto de la cadena de proteína ocurra el cambio. Si el aminoácido que varía tiene propiedades químicas muy diferentes o si el lugar donde se produce es particularmente importante para la función, puede pensarse que el efecto sea mayor.

La relación entre el cambio en los genes y el cambio en las características de los individuos no es en absoluto directa. El cambio de una sola base puede modificar una proteína esencial provocando un cambio drástico en el individuo. Al mismo tiempo, grandes segmentos de DNA pueden variar libremente sin consecuencias. Tal vez esto quede más claro con una metáfora. El material genético es como la receta que nos permite fabricar un pastel, que es el individuo. Si introducimos cambios al azar en la receta las consecuencias serán, claro, muy variables. Si donde dice ‘echar 6 huevos’ ponemos ‘echar 60 huevos’ los cambios serán muy sustanciales. Si en la receta insertamos varias páginas en blanco seguramente el cocinero las ignorará.

A primera vista, los resultados de la Evolución Molecular inclinan la balanza del lado de los neutralistas; es cierto que la mayoría de los cambios genéticos son neutrales. Sin embargo, puede argumentarse que aunque esto sea cierto, ello no cambia el núcleo central de la teoría darwinista: que la selección natural es el único mecanismo que nos permite explicar, no el cambio genético en general, sino el cambio genético que es adaptativo ¿Cómo distinguir el cambio adaptativo del no-adaptativo? Por supuesto, no es nada fácil y ese es justamente el quid de la cuestión. No obstante, tal vez podamos aceptar la proposición de Steven Pinker en su libro “How the Mind Works”: si una característica ha aparecido en una especie particular, si se trata de un cambio complejo e improbable y si parece tener una función que contribuya a la supervivencia, podríamos pensar –en principio- que se trata de una adaptación. En todo caso esta es una hipótesis contrastable. Hay que insistir en que los argumentos de tinte ‘seleccionista’ siempre tienen el peligro de ir demasiado lejos. Es evidente que no todas las características de los seres vivos han sido seleccionadas. Lo que sí puede afirmarse es que las características que observamos en los seres vivos son, o bien adaptaciones, o consecuencias indirectas de las adaptaciones o debidas al azar.

16 Mayo , 2008

Todo sobre Eva

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Los humanos llevamos miles de años haciendo conjeturas sobre este tema. Sin embargo, los habitantes del siglo XXI tenemos una pequeña ventaja. Especulaciones aparte, ahora estamos en condiciones de contestar a esas preguntas eternas. Mejor dicho, a empezar a contestarlas, porque la imagen que pueden proporcionarnos los científicos sobre nuestros orígenes es todavía borrosa. Aun así, resulta fascinante.

Hasta hace algunos años, la gran mayoría de los paleontólogos creía que la aparición de los primeros humanos ‘modernos’, esto es, similares anatómicamente a nosotros, podía explicarse mediante el llamado ‘Modelo Multiregional’. Hace 1.8 millones de años apareció una especie antecesora de la nuestra, Homo erectus; la cual tuvo un considerable éxito evolutivo y logró extenderse por amplias regiones de Asia y Europa. Existen pruebas de que dominaba el fuego y de que fabricó herramientas de piedra. Según este modelo, las distintas poblaciones de erectus fueron evolucionando en las diferentes regiones de forma más o menos independiente, hacia las características de los sapiens modernos. Muchas de las ‘peculiaridades raciales’ que se observan en la actualidad serían consecuencia de este largo proceso de evolución. Según esta teoría, el Hombre de Neanderthal habría sido el antecesor directo de los humanos modernos en Europa. En resumen, esta teoría se basa esencialmente en tres puntos: la expansión de erectus desde África hace 1.8 millones de años, la evolución local de estas poblaciones hasta generar las variaciones ‘regionales’ que se observan en la actualidad y, al mismo tiempo, el intercambio genético entre dichas poblaciones que habría permitido la expansión de los genes responsables de la ‘sapientización’ de erectus y el mantenimiento de cierta ‘unidad genética’ dentro de la especie.

Sin embargo, a principio de la década de los noventa, Alan Wilson y sus colaboradores de la Universidad de Berkeley formularon una teoría completamente distinta. Según estos investigadores, todos los humanos modernos descendemos de una pequeña población que vivió en África en una fecha mucho más reciente: entre 200.000 y 100.000 años. Como es fácil de imaginar, esta teoría desató una formidable polémica entre los partidarios de una y otra. La pelea estaba acrecentada por el hecho de que los partidarios del origen africano y reciente del hombre moderno no eran paleontólogos, sino bioquímicos, y las pruebas en las que se basaban no eran fósiles sino estudios realizados en el laboratorio. Por lo tanto, no se trataba sólo de una disputa entre académicos, sino que era una verdadera guerra entre áreas de conocimiento. Los paleontólogos estaban indignados, ¿cómo se atrevían esos arrogantes bioquímicos a enmendarles la plana? Para poder entrar de lleno en esta polémica, tenemos que dar un pequeño rodeo.

Es cierto que los fósiles son los únicos que nos aportan información directa sobre las especies que existieron en el pasado. No obstante, la verdadera materia prima de la evolución no son los huesos fosilizados sino los genes. Son éstos los que pueden sufrir mutaciones, las cuales constituyen la base del cambio genético a largo plazo. El estudio de la secuencia de los genes en las especies actuales nos proporciona información sobre el grado de separación evolutiva que se ha producido.

Pero, vayamos un poco más despacio. Elijamos un gen cualquiera en un cierto número de especies y comparemos cuidadosamente las secuencias de DNA de todas ellas. Es posible contabilizar las diferencias y determinar su distancia genética. La idea importante es que el número de diferencias que se acumula es proporcional al tiempo transcurrido entre la separación de las especies que estamos estudiando. Esto es lo que se conoce como el reloj molecular y proporciona un método para estimar el tiempo transcurrido entre la separación de dos linajes dados, siempre que podamos estimar la frecuencia con la que se producen las mutaciones por término medio.

Muchos de los estudios realizados para aclarar el ancestro de los humanos se basan en el DNA mitocondrial. Recordemos que la mitocondria es un pequeño orgánulo situado dentro de la célula y que posee su propio material genético. El caso es que el DNA mitocondrial presenta algunas ventajas importantes para estudiar la evolución de la especies, en comparación con el DNA ‘normal’ contenido en el núcleo. Para empezar, el DNA mitocondrial se hereda exclusivamente por vía materna. A pesar de que todos tenemos dos progenitores, nuestro DNA nuclear es una ‘mezcla’ de los DNAs de los cuatro abuelos. Sin embargo, la mitocondria la heredamos exclusivamente de nuestra madre, que a su vez es una copia (casi) exacta de la de nuestra abuela materna. Si nos remontamos atrás cinco generaciones, nos encontramos que nuestro DNA nuclear proviene de la contribución de 32 individuos, mientras que nuestro DNA mitocondrial viene directamente de la tatarabuela por vía materna. Esta circunstancia facilita enormemente el análisis. Es difícil saber de quién hemos heredado unos ojos azules, pero sabemos perfectamente de quién hemos heredado la mitocondria.

La segunda ventaja del DNA mitocondrial radica en que su velocidad de mutación es unas diez veces más rápida que la del DNA nuclear. Esto permite analizar los cambios con mucha mayor exactitud. Es como si el ‘reloj molecular’ de la mitocondria tuviera una manecilla adicional que marcase los segundos, mientras que el del DNA nuclear sólo tuviera minutero. Basta contar el número de cambios y podremos estimar el tiempo transcurrido desde que dos individuos dados compartieron una antecesora común. Si hacemos esta operación con una muestra suficientemente amplia de individuos de diferentes ‘etnias’, podemos construir un árbol genealógico de la Humanidad. En la base de este árbol se encontrará la antecesora común más reciente de la cual todos los humanos hemos heredado el DNA mitocondrial. A esta mujer, que debió existir en carne y hueso, se le ha dado el ‘título’ de Eva Mitocondrial.

El concepto de Eva Mitocondrial se ha popularizado a través de los periódicos, generándose una cierta confusión. La idea en sí de que existió una antecesora de la que todos hemos heredado nuestras mitocondrias no es exactamente una hipótesis, sino más bien un hecho matemático. Necesariamente tuvo que existir. Y si nos remontamos más atrás en el tiempo llegaremos a la conclusión de que existió una Mamífera Mitocondrial, de la cual hemos heredado la mitocondria todos los mamíferos. Sin embargo, esto no aporta ninguna información nueva. La razón por la que la hipótesis de Eva ha revolucionado nuestra idea del origen del hombre se basa justamente en la fecha en la que se estima que dicha mujer existió: entre 100.000 y 200.000 años (aunque a medida que los métodos se van refinando la fecha se acerca más al presente). El hecho esencial es que si todos los humanos descendemos de una mujer que vivió por entonces, es imposible que el Modelo Multiregional sea cierto. Los humanos actuales no podemos descender de las poblaciones de Homo erectus que salieron de África hace 1.8 millones de años, sino de un grupo reducido que debió surgir hace sólo cien o doscientos mil años.

Otra observación importante, el título de Eva Mitocondrial es ‘concedido’ en retrospectiva. Cuando ella nació no era la Eva Mitocondrial, sino que ésta debía ser una mujer que vivió en un periodo muy anterior. Además, nuestra Eva no estaba sola. Con seguridad debió haber muchos otros hombres y mujeres coetáneos, pero por alguna razón los demás linajes mitocondriales que existían entonces no han llegado hasta hoy. Por otro lado, el ‘título’ puede cambiar de manos. Si se produjese una hecatombe mundial que aniquilara a la mayor parte de los humanos excepto, por ejemplo, a una señora de Arnedillo y sus tres hijas (junto con algunos hombres), para los descendientes de este pequeño grupo, la Eva Mitocondrial sería la señora de Arnedillo, puesto que ésta sería la antepasada más reciente del cual todos los habitante de la Tierra habrían heredado la mitocondria. Por último, la Hipótesis de Eva Mitocondrial nos da una estimación de cuándo vivió esta mujer, pero no nos dice nada sobre qué aspecto tenía. En cambio, los datos apuntan claramente a que debió vivir en África.

Cuando Alan Wilson y sus colaboradores analizaron el DNA mitocondrial de más de 200 individuos procedentes de todo el planeta, llegaron a dos conclusiones importantes. La primera fue que, en conjunto, todas las mitocondrias analizadas eran bastante similares. La variación media entre las secuencias era de aproximadamente el 0.2%. Esto indica que los humanos actuales somos sorprendentemente similares. De hecho más similares que, por ejemplo, dos subespecies de gorila separados por unos cuantos cientos de kilómetros. El segundo descubrimiento tiene que ver con el origen geográfico. En general, y con una importante excepción, no se encontró una relación clara entre la procedencia geográfica de las muestras y la similitud del DNA. Por ejemplo, una muestra europea podía encontrarse muy próxima a una africana o a una asiática. Sin embargo, cuando los resultados fueron analizados por un programa informático y pudo construirse el ‘árbol’ que situaba a cada muestra en función de su similitud con las otras, lo que apareció fue realmente increíble. El programa colocaba todas las muestras en dos grupos claramente separados. El primero contenía la mayor parte de las muestras y era ‘multirracial’. El segundo grupo sólo contenía siete pero todas ellas eran de origen africano. Además, las muestras de este segundo grupo mostraban una gran divergencia entre ellas. En conjunto, estos datos indican que todos los humanos formamos un grupo relativamente homogéneo que se originó en África. En una etapa posterior, un grupo particular emigró a otros continentes, mientras que los otros siguieron allí. Por esta razón, todos los humanos no africanos (y algunos africanos) descienden de esta oleada de ‘emigrantes’. Al mismo tiempo, algunos de los linajes mitocondriales anteriores continuaron evolucionando en África. Por ejemplo, los ¡kung del Kalahari se encuentran en estas ramas más antiguas del árbol genealógico. Esto es particularmente interesante, ya que algunos lingüistas creen que las lenguas habladas por estos pueblos, pertenecientes a la denominada familia koishan, son también las más ‘antiguas’.

A pesar de todos los conflictos que ha ocasionado esta hipótesis, ha ido ganando terreno en los últimos años, hasta constituir el punto de vista mayoritario, aunque no es imposible que se revise en el futuro. No obstante, esta teoría parece que pisa un terreno bastante firme. Además, los datos que la avalan no provienen únicamente de la mitocondria. El hallazgo de nuevos fósiles sugiere que los primeros humanos modernos aparecieron en Etiopía y que éstos convivieron durante largo tiempo con poblaciones de neanderthales en Europa y de erectus en Asia. Claramente, la hipótesis de la Eva Mitocondrial ha cambiado nuestro relato sobre lo orígenes del hombre moderno, el cual podría quedar más o menos así:

Homo erectus apareció hace 1.8 millones de años y se extendió por Asia y Europa. En este último lugar, evolucionó hasta el Hombre de Neanderthal, el cual tenía un cerebro de tamaño similar (o incluso superior) a los humanos actuales y logró sobrevivir en las durísimas condiciones europeas durante el último periodo glaciar. No obstante, los humanos actuales NO somos descendientes directos de los neanderthales ni de los erectus asiáticos, sino de una población que surgió en África hace unos 100.000-200.000 años. Esta especie, Homo sapiens propiamente dicho, se expandió rápidamente por todo el planeta. Hace 60.000 años ya había ocupado Asia y hace unos 40.000 (tal vez antes) Australia. Se supone que llegó a Europa hace unos 35.000 años y a América unos 12.000 (tal vez antes). Parece seguro que la nueva especie reemplazó a las otras especies del género Homo que encontró en su camino: erectus en Asia y neanderthal en Europa. La hipótesis del desplazamiento ha encontrado apoyo últimamente en ciertos estudios, donde se ha logrado aislar y analizar DNA mitocondrial procedente de fósiles neanderthales. Estos estudios indican que el linaje de éstos no ha contribuido al acervo genético de los humanos modernos. En definitiva, los neanderthales no fueron nuestros padres, sino nuestros tíos lejanos y tal vez deberían reclasificarse en una especie distinta: Homo neanderthalensis y no en una subespecie (H. sapiens neanderthalensis) como se hacía en principio.

10 Mayo , 2008

Primeras palabras (y 2)

Es posible que la pregunta verdaderamente interesante no sea qué vino antes, si el gesto o la palabra, sino cuál es el origen del sistema de referencia simbólico que forma el verdadero núcleo del lenguaje, sea este oral, escrito o gestual. Como cabía esperar, no podemos responder a esta pregunta por el momento y ni siquiera abundan las hipótesis, por leves y especulativas que estas sean. Uno de los pocos investigadores que se han atrevido a formular una es Terrance Deacon, de la Universidad de Boston, en su libro “The symbolic species”. Merece la pena considerar esta hipótesis, a pesar de su autor deja muy claro que la evidencia en la que se basa es terriblemente tenue.

Según Deacon, el sistema de referencia simbólico surgió como respuesta al conflicto social y sexual, ya mencionado, que se le debió presentar a Homo habilis en su adaptación a la sabana abierta. Para este investigador, no es una casualidad que el aumento del cerebro, la desaparición del dimorfismo sexual, la fabricación de las primeras herramientas de piedra y el aumento de la importancia de la caza se produjera básicamente al mismo tiempo. A riesgo de parecer pesado, volvamos a plantear este nudo gordiano de la evolución humana. Las ventajas de una mayor capacidad mental y del completo bipedalismo llevaron al problema cabeza-pelvis, y a su vez, la resolución de este problema hizo que los bebés humanos requirieran grandes cuidados y recursos para sobrevivir los primeros años. La solución a este segundo problema era la cooperación de los miembros de la pareja para sacar adelante a las crías. Pero para que dicha cooperación fuera ventajosa y pudiera ser objeto de selección tienen que darse ciertas condiciones. Para el hombre lo más importante era tener una razonable certeza sobre la paternidad de los hijos en los que va a invertir tiempo y esfuerzo. La mujer no tenía, obviamente ese problema, pero en cambio ‘necesitaba’ una garantía de que los recursos en forma de alimento y protección se materializasen durante el largo periodo en el que los niños representan una carga importante. De nuevo, esto no quiere decir literalmente que los implicados llegaran a ‘pensar en estos términos’, lo que quiere decir es que los hombres que descuidaban a su progenie y las mujeres que no recibiesen los recursos necesarios, se encontraban en desventaja reproductiva, por lo que se acabaron seleccionando aquellas características psicológicas que propiciaran que esto no ocurriera. Con estos datos en mente, la solución más sencilla para Homo habilis hubiera sido la formación de parejas aisladas que defendieran un territorio, tal como hacen muchas especies de aves. Sin embargo, es difícil pensar que esto pudiera funcionar en las condiciones a las que se enfrentaban.

Al mismo tiempo, la adaptación a la sabana abierta probablemente exigió un aumento del tamaño del grupo. El cambio de una dieta vegetariana a otra donde la carne era importante, trajo la necesidad de desarrollar estrategias colectivas de caza. Cómo si no iban los indefensos humanos a hacer frente a depredadores como el león y abatir presas como el ñu. Muy probablemente, actuando en grupo, utilizando herramientas y aplicando su creciente capacidad mental para ‘romper’ las estrategias defensivas de otras especies. Así pues, los primeros humanos necesitaban una especie de ‘compromiso’ económico y sexual entre los miembros de la pareja, que fuera compatible con la cohesión general del grupo. Y la solución a este complicado cúmulo de problemas, según Terrence Deacon, fue el desarrollo de un sistema de referencia simbólica basado en el ritual.

Naturalmente, a lo que se está refiriendo este investigador es al esqueleto de lo que se conoce universalmente como la institución del matrimonio. Una institución que existe en todas las sociedades conocidas, aunque las formas y términos concretos varíen notablemente. En esto Deacon se acerca a las posiciones de los antropólogos tradicionales, como Levi-Strauss, los cuales reconocieron el carácter central de los vínculos matrimoniales en muchas sociedades. Después de todo, el matrimonio contiene una promesa de comportamiento futuro, en cuanto a la provisión de recursos y al acceso sexual, y determina qué acciones serán consideradas ‘inaceptables’ y darán lugar al rechazo o castigo. Este compromiso, que atañe no sólo a los miembros de la pareja sino a todo el grupo, es muy difícil de realizar si no es mediante un sistema de referencia simbólica. Al unir un determinado acto físico con un compromiso de comportamiento futuro, los primero humanos estarían dando el primer salto entre lo ‘concreto’ y lo ‘abstracto’ que caracteriza a este sistema de referencia.

Según Deacon, el ritual del matrimonio permitió ‘marcar relaciones sexuales exclusivas, de forma que todo el grupo pudiera reconocerlas’. Por tanto, la idea de ‘pareja’ implicaría un conjunto de promesas sobre comportamientos futuros dentro de un contexto; en definitiva una especie de ‘contrato social’, cuya representación se lograba mediante un ‘símbolo’ y que representaba una solución a un problema reproductivo en unas condiciones ecológicas nuevas y difíciles.

Es evidente que cualquier ritual contiene la esencia de la representación simbólica. Por ejemplo, cuando los jefes de dos tribus de nativos americanos se fumaban la ‘pipa de la paz’ estaban realizando una promesa de no agresión. La relación entre el signo (fumar) y el referente (la conducta futura) es puramente arbitraria y no puede deducirse a partir de una ‘similitud’ o de una ‘correlación’ previa entre ambas. La falta de similitud es evidente ¿qué tiene que ver el hecho de fumar ahora con la no-agresión en el futuro? Tampoco estas acciones están unidas por una coincidencia espacio-temporal. Dos tribus pueden fumar la pipa de la paz por vez primera, ya que el significado de está acción se basa en un acuerdo ‘a priori’sobre la relación entre ambos hechos.

La idea es, sin duda, interesante, sobre todo porque no nos sobran las hipótesis alternativas. Sin embargo, hay que reconocer que deja muchas cosas en el aire. Entre el desarrollo de una especie de ‘ritual’ de matrimonio y el lenguaje que empleamos para comunicarnos parece existir un verdadero abismo. No cabe duda de que en algún momento de nuestra evolución nuestros antecesores pillaron el truco simbólico, y esto desencadenó una avalancha de cambios y consecuencias. Lo que no podemos saber es si esto se produjo a consecuencia del conflicto mencionado o por otras razones. De momento no es más que una hipótesis, a la que podríamos llamar humorísticamente Hipótesis del sí quiero.

Laureano Castro y Miguel Angel Toro, del Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias y Alimentarias de Madrid, han desarrollado una teoría relacionada, a la que podríamos llamar la Hipótesis del No. Según estos investigadores, la capacidad de imitación es una condición necesaria, pero no suficiente, para que pueda producirse la transmisión cultural. Una característica que habría facilitado extraordinariamente este proceso es la capacidad de los padres de condicionar la conducta de sus hijos expresando su aprobación o desaprobación. El invento de la negación habría permitido a los padres ancestrales modificar la conducta de sus hijos, lo cual abriría la puerta para la transmisión de conocimientos por vía cultural. No puede dudarse que un mecanismo así haría mucho menos costoso el proceso educativo. Curiosamente, los chimpancés no parecen haber desarrollado esta capacidad, aunque son buenos imitadores (aunque mucho peores que los humanos). Así pues, la primera palabra que nuestros antecesores pronunciaron debió ser ‘no’ (aunque la teoría sería igualmente aplicable a un gesto de negación) e iba dirigida a sus retoños.

A pesar de lo sugestivo de estas teorías, no podemos saber cuál es el origen del sistema de representación simbólico que caracteriza el lenguaje de los humanos. No obstante, es fácil imaginar que una vez éste se hubiera desarrollado habría ejercido profundos cambios en la vida social y en las posibilidades de supervivencia de los primeros humanos. A partir de ahí, el lenguaje y la transmisión cultural habrían ido ‘de la mano’ de los cambios genéticos que condicionaban un uso más eficaz del propio lenguaje y la cultura. Esto es, el lenguaje y el cerebro (y otras partes de la anatomía) habrían entrado en un proceso de co-evolución, que nos ha llevado a convertirnos en los que somos.

Esto nos lleva a pensar en una dinámica evolutiva entre procesos sociales y biológicos, que constituye el verdadero núcleo del enfoque ‘evolucionista’, y que sustituye a la idea simplista, trasnochada y definitivamente errónea de Naturaleza vs Crianza. Una vez que se hubiera producido el primer rudimento de habilidad simbólica, la selección habría podido actuar sobre aquellos individuos con mayores capacidades en este sentido. Aunque el primer lenguaje fuera muy simple y, posiblemente se pareciera muy poco a lo que conocemos ahora, es fácil pensar que los que poseyeran esta habilidad tendrían ventajas reproductivas dentro del grupo. Los individuos con mayor capacidad lingüística estarían en una posición mucho mejor para establecer alianzas, para transmitir información útil, para organizar estrategias colectivas de caza, etc… Aunque se tratase de un lenguaje muy simple, podemos pensar que aquellos que fueran incapaces de pillar el truco simbólico estarían en franca desventaja con respecto a los individuos más articulados.

Una vez que los humanos entraron en este callejón evolutivo no era fácil dar marcha atrás. La selección de la habilidad simbólica debió ser el motor de la expansión del cerebro, en particular de la corteza prefrontal que parece ser el asiento de las capacidades mentales ‘superiores’. De aquí se derivarían otras capacidades mentales que contribuirían a reforzar el proceso, tales como la propensión al mimetismo vocal, el análisis automatizado de fonemas, el control de los músculos implicados en el habla y, finalmente el cambio en la posición de la laringe, que permite a los humanos emitir una gran variedad de sonidos. Los estudios de los fósiles demuestran que este ‘descenso’ en la posición de la laringe se había producido ya hace unos 300.000 años. La razón más simple y convincente para explicar este cambio es, obviamente, el desarrollo del lenguaje.

Aunque suele pasarse por alto este aspecto, la idea de co-evolución entre lenguaje y cerebro implica que los cambios se produjeran en los dos sentidos. Por una parte se estarían ‘seleccionado’ aquellos cerebros con más capacidad lingüística (hablando con propiedad, se seleccionarían genes que condicionasen esto último). Por otra parte, se habrían ‘seleccionado’ aquellos lenguajes que pudieran ser aprendidos por los nuevos cerebros de cada generación. En definitiva, las características sintácticas de los lenguajes tuvieron que adaptarse a las mentes de los nuevos hablantes, porque de lo contrario éstos no habrían aprendido a hablar y no hubieran transmitido este rasgo cultural, que es el lenguaje, a las generaciones posteriores. Según este punto de vista, las sintaxis de los lenguajes actuales habría sido el resultado de una especie de criba realizada por los cerebros de los nuevos hablantes de cada generación. Aunque esta proposición está enunciada de una forma un tanto vaga, nos proporciona un principio de explicación para uno de los aspectos más controvertidos de la hipótesis de Chomsky. Las reglas gramaticales no tendrían por qué ser innatas y, por tanto no hay que buscarlas en determinadas ‘estructuras neuronales’; sino que éstas serían un una especie de invento, un artefacto cultural con la importante propiedad de no resultar contra-intuitivo para los cerebros humanos. Hay que señalar que esta alternativa a la idea de Chomsky, tan sólo representa una variante sutil de la misma, ya que sigue suponiendo que el cerebro dispone de circuitos innatos que permiten a los humanos aprender con facilidad el lenguaje; cosa que les resulta extremadamente difícil, si no imposible a nuestros parientes los chimpancés.

7 Mayo , 2008

Primeras palabras

A pesar de la gran incertidumbre que inevitablemente existe sobre este tema, la mayoría de los expertos considera probable que la evolución del lenguaje arrancase justamente con la aparición de los primeros Homo y coincidiendo con la mencionada expansión en el tamaño del cerebro. Es un hecho cierto que las palabras no dejan fósiles, ni tampoco el cerebro que las pronunció. Lo único que tenemos son fósiles de algunos cráneos, los cuales contuvieron en su día un cerebro que (acaso) fue capaz de utilizar el lenguaje. La evidencia es muy indirecta y deja un inmenso espacio para la interpretación (y el conflicto). Sin embargo, a partir de algunos de estos cráneos los científicos han sido capaces de identificar las huellas correspondientes a las áreas de Broca y Wernicke, esos pequeños ‘bultos’ del cerebro que parecen jugar un papel preponderante para la ejecución del habla. Según Phillip Tobias y Dean Falk, dos de los especialistas más prestigiosos en este campo, un fósil de Homo habilis denominado KNM-ER 1470, presenta signos claros del desarrollo de estas dos áreas del cerebro; y sin embargo, estos signos no aparecen en los cráneos de los australopitecinos.

Es posible que Homo habilis hubiera desarrollado un lenguaje, aunque seguramente era más simple que el de los humanos modernos. Sin embargo, esto no implica necesariamente que habilis hablara con palabras. Puede que se comunicase con gestos. La teoría de que el lenguaje fue inicialmente gestual, o una mezcla de gestos y palabras, para derivar posteriormente en el lenguaje predominantemente oral que nos caracteriza tiene unos cuantos adeptos. En particular, el lingüista Michael Corballis ha hecho una minuciosa exposición de esta teoría en su libro “From Hand to Mouth”.

Los partidarios del origen ‘gestual’ del lenguaje utilizan varios argumentos para justificar su teoría. En primer lugar, los chimpancés no tienen ‘vocalizaciones referenciales’ como las de los macacos verdes, y en cambio utilizan un amplio repertorio de gestos. Otro argumento se basa en las ‘afasias’ provocadas por lesiones en el área de Broca. Curiosamente, los pacientes sordomudos que sufren lesiones en este punto tienen problemas para ‘hablar’ en lenguaje de gestos, lo que indica que esta área está implicada en el procesamiento del lenguaje, independientemente de que éste se realice mediante gestos o palabras. Estos autores señalan que, aunque minoritarios, existen algunos lenguajes ‘naturales’ basados en gestos, como los que empleaban los nativos de Norteamérica; y que son tan ricos y complejos como los que emplean palabras habladas.

Más aun, la teoría del origen gestual del lenguaje resuelve el llamado ‘problema de referencia’, el cual resulta difícil de explicar si las palabras hubieran sido utilizadas en primer lugar. Este ‘problema’ consiste en que las palabras contienen signos arbitrarios, que no se parecen en nada a los objetos a los que hacen referencia. Con pocas excepciones, resulta imposible encontrar un ‘sonido’ que corresponda con un objeto dado y que tal conexión pueda ser entendida, si no existe un acuerdo ‘previo’ sobre la relación entre ambas cosas. Excepto con las onomatopeyas, resulta casi imposible emitir un sonido que ‘represente’ claramente a un objeto. Si los gestos hubieran sido empleados originalmente como signos, este problema de referencia es menor, debido a dos razones. En primer lugar, podemos aludir a los objetos corrientes mediante el procedimiento de señalarlos. Esto proporciona una forma inmediatamente inteligible de ‘nombrar’ objetos (admitiendo que sólo es utilizable para aquellos que se encuentren a la vista). Por otra parte, los verbos son mucho más fáciles de representar mediante gestos, ya que casi siempre es posible realizar un ‘pantomima’ que represente la acción, de forma que sea entendible sin necesidad de que haya un acuerdo previo sobre el significado. Utilizando la terminología de Pierce, diríamos que los gestos permiten hacer representaciones ‘icónicas’ de muchos verbos. Considerando ambos hechos, parece plausible que el gesto constituyera un medio más adecuado para el lenguaje original. Por otra parte, no hay ninguna razón para excluir la posibilidad de que este lenguaje inicial estuviera formado por una mezcla de gestos y vocalizaciones. En alguna etapa posterior los gestos perderían fuerza en favor de las palabras, aunque en la actualidad el habla normal siga empleando ambas. Podríamos decir, en broma, que el lenguaje tuvo que evolucionar de ‘la mano a la boca’ para que los humanos pudiéramos hablar por el móvil.